En los últimos dos años, el turismo ha vuelto a posicionarse como uno de los sectores más dinámicos de la economía chilena. El 2024 cerró con 5,24 millones de llegadas internacionales, un 40,4 % más que en 2023 y 16 % por encima del registro prepandemia de 2019, generando US$ 3.600 millones en divisas solo en los primeros cuatro meses de 2025. A primera vista, estas cifras sugieren que el turismo es un motor robusto para el país. Sin embargo, detrás de la euforia hay una serie de matices económicos que conviene analizar antes de declararlo la “industria salvadora”.
El aporte macroeconómico
Según el World Travel & Tourism Council (WTTC), en 2023 el sector aportó el 9,7 % del PIB nacional —equivalente a US$ 32,5 mil millones— y para 2024 se proyecta un récord de US$ 35 mil millones, casi un 11 % más que en 2019. En términos de empleo, el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) reporta 691.250 ocupados en actividades turísticas al primer trimestre de 2025, lo que representa un 7,4 % del empleo total del país y una participación femenina cercana al 49 %.
Estos indicadores confirman que el turismo es un actor relevante en la economía chilena, con capacidad de generar ingresos y empleo, especialmente en regiones con menor diversificación productiva.
Evolución del PIB Turístico y Llegadas Internacionales — Chile (2019–2024)
Las grietas en el modelo
El crecimiento, sin embargo, no está exento de fragilidades estructurales:
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Estacionalidad y volatilidad
La dependencia de temporadas altas (verano y, en menor medida, invierno) genera picos de demanda seguidos de meses de baja ocupación, afectando la estabilidad del empleo y la rentabilidad. -
Fuga de valor (leakage)
Una parte relevante del gasto turístico termina en operadores internacionales, plataformas de reservas extranjeras y cadenas hoteleras no locales. Esto reduce el efecto multiplicador del turismo en la economía interna. -
Presión inflacionaria
En mayo de 2025, los precios de paquetes turísticos nacionales subieron un 35,3 % y el transporte aéreo un 13,7 % interanual, afectando la competitividad y el acceso al turismo doméstico. -
Capacidad de carga y costos ambientales
La falta de regulación efectiva en áreas de alta demanda —como Torres del Paine o San Pedro de Atacama— provoca sobreuso de infraestructura, degradación ambiental y mayores costos futuros en conservación.
Un análisis costo–beneficio realista
Desde la óptica económica, el turismo sí es rentable, pero su rentabilidad neta y sostenibilidad dependen de tres factores clave:
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Captura de valor local: cuánto del gasto se queda en proveedores chilenos.
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Productividad del empleo generado: el turismo crea empleo intensivo en mano de obra, pero muchas veces de baja productividad y alta rotación.
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Resiliencia ante shocks externos: pandemia, desastres naturales o cambios en conectividad pueden revertir años de crecimiento en meses.
El turismo en Chile no es un mito ni una panacea. Es una industria con cifras atractivas y potencial probado, pero que requiere una gestión económica inteligente y basada en datos para convertirse en un motor estable de desarrollo.
El desafío para los próximos años no será solo atraer más turistas, sino capturar más valor, elevar la productividad y proteger los activos naturales que sostienen la demanda. De lo contrario, seguiremos celebrando récords de llegadas mientras buena parte del beneficio real se escurre por las grietas de un modelo incompleto.