La industria de la construcción ha ocupado históricamente un lugar central en la economía chilena, no solo por su aporte al crecimiento y a la inversión, sino especialmente por su capacidad de absorber mano de obra. Durante décadas, el sector fue entendido —casi incuestionablemente— como un generador intensivo de empleo, capaz de incorporar trabajadores con distintos niveles de calificación y de actuar como amortiguador social en períodos de crisis económica. Sin embargo, este paradigma comienza a tensionarse en un contexto global marcado por la automatización, la industrialización de procesos y la digitalización productiva.
La pregunta que hoy emerge con fuerza no es simplemente cuántos empleos genera la construcción, sino qué tipo de empleo seguirá generando y bajo qué condiciones.
La magnitud real del empleo en la construcción
En términos cuantitativos, el peso del sector es indiscutible. Según datos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), complementados por análisis de la Cámara Chilena de la Construcción (CChC) y centros de estudio como CLAPES UC, la construcción concentra aproximadamente entre el 7% y el 8% del empleo total en Chile, con una fuerza laboral que fluctúa en torno a 700.000 a 750.000 personas, dependiendo del ciclo económico .
Este volumen convierte a la construcción en uno de los sectores con mayor participación en el mercado laboral, comparable al comercio o la agricultura. No obstante, a diferencia de sectores intensivos en capital humano avanzado, la construcción ha descansado históricamente en oficios manuales, trabajo físico y procesos productivos poco estandarizados, lo que explica tanto su capacidad de absorción laboral como sus persistentes brechas de productividad.
Precisamente ahí se encuentra la raíz del problema actual.
El rezago productivo como detonante de la automatización
Diversos estudios internacionales han mostrado que la construcción es uno de los sectores con menores tasas de crecimiento de productividad en las últimas décadas, muy por debajo de la manufactura o los servicios avanzados. McKinsey Global Institute estima que la productividad del sector ha crecido menos de un 1% anual a nivel global durante los últimos 20 años, lo que ha impulsado una presión estructural por modernizar procesos .
En Chile, esta situación se replica. Programas sectoriales como Construye 2025 han identificado ineficiencias sistémicas: altos niveles de reprocesos, baja estandarización, fragmentación de actores y una dependencia excesiva del trabajo manual. La automatización, en este contexto, no surge como una amenaza ideológica al empleo, sino como una respuesta económica a un problema de competitividad estructural.
Automatización: tareas, no empleos (al menos en teoría)
Uno de los aportes más relevantes de la literatura contemporánea sobre automatización es la distinción entre automatización de tareas y eliminación de empleos completos. Estudios aplicados al mercado laboral chileno, como los desarrollados por el Observatorio del Contexto Económico de la Universidad Diego Portales (OCEC-UDP), muestran que una proporción significativa de los trabajos contiene tareas automatizables, pero solo una fracción menor corresponde a ocupaciones completamente sustituibles .
En la construcción, este fenómeno es particularmente evidente. Actividades como el traslado de materiales, ciertas labores de obra gruesa, excavaciones, nivelaciones o terminaciones repetitivas presentan alto potencial de automatización mediante maquinaria avanzada, prefabricación o robótica especializada. Sin embargo, la obra como sistema sigue requiriendo coordinación humana, supervisión, resolución de imprevistos y gestión integral del proyecto.
Esto explica por qué, incluso en países con alta adopción tecnológica, la construcción no ha experimentado colapsos masivos de empleo, sino una lenta pero constante reconfiguración de roles laborales.
¿Cuánto empleo podría contraerse realmente?
Aquí es donde el debate se vuelve más sensible. No existe una cifra exacta para Chile que permita afirmar que “el empleo caerá en X porcentaje”. Sin embargo, sí existen rangos estimativos basados en escenarios.
Estudios internacionales de McKinsey sugieren que, en sectores intensivos en tareas físicas repetitivas, entre un 30% y un 50% de las horas trabajadas podrían ser automatizadas hacia 2035, dependiendo del ritmo de adopción tecnológica y de los costos relativos del capital versus el trabajo . Aplicado a la construcción chilena, esto no implica que el 30–50% de los trabajadores quedará desempleado, sino que una proporción equivalente de tareas cambiará de naturaleza.
El riesgo real de contracción del empleo aparece cuando esta transición no es acompañada por políticas de reconversión laboral, lo que puede traducirse en desempleo estructural, especialmente entre trabajadores de menor calificación y mayor edad.
El desplazamiento silencioso: calidad del empleo y polarización
Un aspecto menos discutido, pero crucial, es que la automatización no solo afecta la cantidad de empleo, sino también su calidad y distribución. La evidencia muestra una tendencia a la polarización laboral: crecen los empleos altamente calificados y bien remunerados, mientras se reducen los trabajos intermedios tradicionales.
En la construcción chilena, esto podría traducirse en una reducción progresiva de oficios tradicionales tal como hoy se conocen, y en un aumento de demanda por perfiles técnicos, operadores especializados, programadores de sistemas BIM, supervisores digitales y gestores de procesos industrializados. La CDT de la CChC ha advertido que la principal amenaza no es la falta de empleo, sino la falta de competencias .
Si esta brecha no se aborda, la automatización puede transformarse en un factor de exclusión social, más que de progreso productivo.
Automatización, vivienda e infraestructura: la paradoja chilena
Chile enfrenta simultáneamente un déficit habitacional significativo y grandes necesidades de inversión en infraestructura pública. Esta realidad introduce una paradoja relevante: la demanda por construcción podría mantenerse alta durante décadas, incluso en un escenario de mayor automatización.
Esto refuerza la idea de que la automatización no necesariamente reducirá el volumen total de empleo, pero sí exigirá un cambio radical en el perfil de los trabajadores. El sector podría seguir empleando a cientos de miles de personas, pero no bajo las mismas lógicas laborales del siglo XX.
El fin de la construcción como refugio laboral pasivo
La evidencia permite afirmar con claridad que la automatización no es un mito ni una amenaza exagerada, pero tampoco una sentencia inevitable de destrucción masiva de empleo. Lo que está ocurriendo es más profundo: el fin de la construcción como refugio laboral pasivo, capaz de absorber mano de obra sin inversión significativa en capital humano.
El empleo del futuro en la construcción chilena será más productivo, más tecnificado y probablemente mejor remunerado para quienes logren adaptarse. Pero también será menos tolerante con la informalidad, la baja calificación y la ausencia de formación continua.
En última instancia, la automatización no decidirá el futuro del empleo en la construcción. Lo harán las políticas públicas, la estrategia de los gremios y la capacidad del país para anticipar la transición laboral más importante que el sector ha enfrentado en décadas.